Lo que deberían saber los tribunales antes de juzgar un caso de violencia sexual. Apuntes neuropsicológicos sobre el consentimiento y la falta de él.

Tiene una cita con alguien que acaba de conocer. A los/as dos os gusta el cine por lo que deciden que un buen plan sería ir a cenar y ver una peli. Todo trascurre según lo previsto: una sepia a la plancha, alguna copa de vino, historias de la infancia y por fin llega el momento de mayor intimidad: unas velas, sofá y peli. De repente, ante la típica escena subidita de tono, siente como aumenta el flujo sanguíneo en sus genitales de manera automática e involuntaria. Su cita, hiperestésico/a ante sus cambios corporales, empieza a meterle mano leyendo de aquella situación que estaba dispuesto/a a mantener relaciones sexuales, sin embargo, su funcionamiento ejecutivo le dispara un rotundo mensaje en su cabeza: NO, NO QUIERO, NO ME APETECE. “Estás excitado/a, no seas tímido/a, no quieres admitir que te gusta”, le dice; como si no hubiera sido ya lo suficientemente valiente como para reevaluar sus respuestas sexuales, escucharse y respetar su decisión de no desear.

Por supuesto, la anterior situación nunca le ha ocurrido a usted, pero seguro que a algún amigo o amiga sí, y es que en materia de sexo, parecen aflorar los/as amigos/as anónimos/as como margaritas en primavera. Así que dígale a su amigo/a que la respuesta sexual de excitación solo significa que fue provocada por un estímulo relacionado con el sexo, no significa que fue querida o deseada, no significa que fue consentida. No son nuestros genitales los que deciden lo que queremos.

Desafortunadamente, es común que las víctimas de agresión sexual sientan excitación e incluso orgasmos, en contra de su voluntad, y que la mayoría de la gente fuera del campo de conocimiento de la sexología y gran parte de la población de a pie, caiga en interpretaciones erróneas basadas en la idea de que la excitación y/o el orgasmo implica y precede necesariamente una fase de deseo/consentimiento por mantener relaciones sexuales (Pari, 2015). Un estudio llevado a cabo por Ensink y Van Berlo (1999), descubrió que el 21% de las víctimas de agresión sexual respondieron haber sentido respuestas de excitación sexual durante las agresiones y se sospecha que dicho porcentaje pudiera estar mermado por la vergüenza ante un reconocimiento público (Levin y Van Berlo, 2004). Según Levin y Van Berlo (2004), la respuesta de excitación sexual puede ocurrir simultáneamente como un estado mental y como otro físico. Sin embargo, es posible, que dicha excitación mental (deseo) se muestre sin manifestaciones físicas en los genitales y, al contrario, que se exhiban manifestaciones de excitación fisiológica en los genitales sin sentir deseo a nivel mental (Levin y Van Berlo, 2004).

fear-1131143_1920En contextos de violencia sexual, las respuestas fisiológicas de excitación parecen estar mediadas por mecanismos del sistema nervioso autónomo a nivel subcortical que activan un aumento del flujo sanguíneo en la vagina, el cual sería responsable del aumento del flujo vaginal lubricante (Levin, 2003). Este mecanismo surge involuntariamente durante las relaciones sexuales de manera funcional, evitando así, el posible dolor en el acto de penetración (Levin y Van Berlo, 2004). Como es de esperar, una situación de miedo o lucha, activa el sistema nervioso simpático, se segrega adrenalina y noradrenalina y se produce una vasoconstricción, reduciendo así el flujo sanguíneo en la mayor parte de los órganos del cuerpo excepto en los músculos (que se preparar para huir o defenderse); sin embargo, la evidencia en los estudios de laboratorio, demuestran que la activación del sistema nervioso simpático puede aumentar el flujo sanguíneo en la vagina, facilitando la lubricación y la respuesta de excitación sexual (Meston, 2000).

En una situación de agresión sexual, la excitación y el orgasmo ocurren cuando la estimulación pasa por alto el funcionamiento ejecutivo del lóbulo frontal y desencadena la respuesta de lucha/huida primitiva (Pari, 2015). Dicha respuesta es normal, adaptativa y no indica que la víctima haya querido la violación o el abuso. Sin embargo, después del asalto, la parte analítica del cerebro es consciente de lo que sucedió y comienza un proceso de reinterpretación de la violación a través de la sensación de excitación, distorsionando las percepciones de sus respuestas de excitación sexual (Pari, 2015).

Aplicando todo lo anterior al contexto de la violación, el mito de que la excitación y/o orgasmo de una mujer significa que dicha agresión no ocurrió es muy peligroso (Pari, 2015). Todo esto puede desencadenar en la víctima una serie de síntomas clínicos como la duda y la culpa, el aumento de la gravedad de los síntomas traumáticos, incluido el suicidio, el abuso de sustancias y las subsecuentes disfunciones en su conducta sexual  (Pari, 2015).

Después de todo lo expuesto, no demos cabida a la duda nunca más, ni en la calle ni en los tribunales: el consentimiento no es evaluado por las respuestas fisiológicas de excitación (o incluso el orgasmo) en las víctimas de agresión sexual, el consentimiento solo debe ser evaluado a través de la experiencia subjetiva de deseo y sus verbalizaciones. No es NO, y siempre será NO.

 

Referencias:

  • Levin, R. and Van Berlo, W. (2004). Sexual arousal and orgasm in subjects who experience forced or non-consensual sexual stimulation –a review Journal of Clinical Forensic Medicine, 11 (2), 82 – 88.
  • Pari, A. (2015). Does this mean I wanted it? Acknowledging arousal in sexual assault. NASW – California News.

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